Opinión

MEXICANO: identidad que no se oye


La historia del mundo, principalmente nuestra historia, nos muestra el fracaso de la política en resolver los problemas fundamentales de la condición humana, no lo ha logrado y no lo hará jamás. Al contrario, en muchos de los casos, es el sistema político el que nos ha dificultado aún mas la existencia. 

Y que mejor, la propia historia del mexicano para tratar de enmarcar el contexto de su desgracia: la política mexicana, y el criminal mayor, el Estado.

Ese Estado que hasta el dia de hoy ha fracasado en sus deberes mas esenciales.

Precisamente surge dentro de esta trágica realidad nacional, la imperiosa necesidad  del pensamiento, el análisis, la crítica; que el mexicano cuestione ese andar histórico y su presente, colección de ruinas, cúmulo de fracasos. 

¿Cómo fue que caímos en esta grieta tan profunda? Veneramos al gobernante cuando nuestro papel es el de cuestionar, exigir y dudar, dudar siempre. Cuando dudamos nos motiva la curiosidad, la curiosidad nos lleva a investigar e informarnos, el conocimiento nutre nuestras ideas, ideas que nos delinean un criterio, el cual nos lleva a practicar las mejores decisiones posibles. 

La osadía de encontrar la inteligencia, ahondar en la lucidez del intelecto, cuestionar al poder, son ejercicios que retan la razón de un colectivo social dominado por la ideología de su insensatez. Su obsesión por el pasado los aleja de un presente en el que urgen las respuestas de una realidad tan sensible y feroz que nos arrastra al abismo. 

En medio del ascenso de la decadencia, se precisa una revuelta,  la revolución del pensamiento, la discusión y la reflexión, sobre todo en un país desolado como México, una nación que cada vez se muestra mas degradada, pequeña, indefensa y desnuda.

Idolatran un monarca que solo es real en sus sueños, la silla del poder y del terror, que en la realidad tan solo es una cascada de discursos estériles. Mientras tanto, México sangra, su sangre es audible, sonar de campanas que repican una tormenta de silencio, silencio que también es audible, audible como las lágrimas desbordadas, audibles como el dolor enlutado, audibles como los ojos de los muertos.

El llamado México moderno es apenas un enano de la civilización, rindiendo, todavía, culto al faraón. Somos ese otro mundo dentro del mundo, en donde el sumo sacerdote nos ve desde el pico de la pirámide, señala con su dedo santo al siguiente decapitado y al que se le ha de perdonar la vida. 

El México primitivo no ha terminado de mudar su piel, se aferra a su pasado arcaico. Desde nuestro encierro vemos el mundo recorrer ya ese futuro que viene, pero que no es para nosotros. 

Al final, que de nuevo es un inicio constante, la cultura mexicana queda presa de sus costumbres y monumentos, la narcocultura moderna nos ha invadido como el musgo que se apodera de los muros, de nuestros jardines, de nuestras paredes. El presidencialismo, rito ancestral al poder que continuamos alimentando con nuestra propia sangre. 

La violencia en todas sus formas, la desintegración social, el conformismo y la apatía, la pérdida de la educación y de los valores fundamentales del hombre, el consumismo y la pobreza, son el esqueleto que nos forma y que nos da este cuerpo, esa misma sociedad es el alma que lo habita, la que lo mueve y la que lo mantiene inerte. 

En este tiempo sombrío, debemos ser ventanas abiertas. Con entusiasmo, aunque no excesivo, ese cuerpo debe surcar camino en la inteligencia de la razón, aventurarse en buscar conquistar ese cambio que los hijos del sol contemplan aún desde sus pirámides de piedra. Necesitamos darle voz a esta nación que agoniza, gritar contra gravedad, dibujar contracorriente, un mejor destino.


Fotografía de portada: “Escape entre autógrafos” by Eneas is licensed under CC BY 2.0

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